jueves, 7 de mayo de 2009

Las he buscado dentro de las botellas de coca cola que tomas como respiras.
Las he buscado entre los papeles de tu habitación que guardas desordenados debajo de cualquier caja.
Las busqué entre tus manos, entre mis manos, en tus ojos de niño, en tus labios como ciruelas.
¿Me las tragué acaso? ¿Te las tragaste tú?.
Las he echado de menos en las noches, las he buscado en el universo escondido de mis sábanas.
Te las he preguntado, me las he preguntado, me las he querido comer.
¿Me las tragué acaso?.
Las he intuido en el aire rondando nuestras conversaciones,
navegando escuálidas en el café que removías,
disfrazadas de humo en la calada de tu cigarro.
Las he querido guardar, apresar entre mis piernas, entre mis brazos.
Que me alimentaran en cada mordisco que le robo a tu boca.

Que me las gritaras
Que me las regalaras
Que son mías
Que son sólo mías tus palabras.

Entendí.
A pesar mío, además de que todo cambió con la luz.
Entendí que aquella que ponía los pies en el suelo
no era yo.
Y volví al patio en verano con la sombra del toldo,
a los retales de ropa vieja que mi abuela cosía y unía
para engañar a los rayos, como agujas, del sol.
Al vestido de flores abierto sobre mi cabeza.
A los juegos absurdos de cazar moscas,
al punto de cruz sobre mis rodillas,
a mi pueblo lejano y teórico
con el azul de su cielo sellado en mis pupilas,
con el sabor dulce de la tostada a media tarde.
A ver a mis hermanos pequeños e inútiles
sin saber que los quería.
Entendí porque no me quedó otra,
no porque lo entendiera.
Y lo supe,
no porque no lo supiera
sino porque no me quedó otra.