jueves, 7 de mayo de 2009

Entendí.
A pesar mío, además de que todo cambió con la luz.
Entendí que aquella que ponía los pies en el suelo
no era yo.
Y volví al patio en verano con la sombra del toldo,
a los retales de ropa vieja que mi abuela cosía y unía
para engañar a los rayos, como agujas, del sol.
Al vestido de flores abierto sobre mi cabeza.
A los juegos absurdos de cazar moscas,
al punto de cruz sobre mis rodillas,
a mi pueblo lejano y teórico
con el azul de su cielo sellado en mis pupilas,
con el sabor dulce de la tostada a media tarde.
A ver a mis hermanos pequeños e inútiles
sin saber que los quería.
Entendí porque no me quedó otra,
no porque lo entendiera.
Y lo supe,
no porque no lo supiera
sino porque no me quedó otra.

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