sábado, 26 de febrero de 2011

El mundo de Susana

Susana se ha topado de bruces con su tragedia, se ha quedado mirando a la doctora más allá de sus ojos verdes, más allá de sus lágrimas saladas. Y la doctora no entiende que más quiere que le diga, de qué otra manera puede explicarlo, por qué aquella muchacha de 45 años seguía interrogándola más allá de sus lágrimas saladas, más allá de sus ojos verdes.
Susana es de ese tipo de personas que vagan en la frontera de la inteligencia, suficiente pero no lo bastante, normal pero diferente... Siempre ha sentido como nosotros y ha vivido como nosotros pero entre nosotros no hay un lugar definido pare ella. Por eso hoy Susana me ha visto y se ha parado delante de mí, también interrogándome, esperando una respuesta hasta que al final yo le he dicho "¿qué pasa Susana?". Susana ha empezado a explicarme paso a paso todo lo que la doctora le había dicho: que tenía un mioma, que sangraba muchísimo, que se había hecho muy grande, que tenían que operarla, que le quitarían la matriz. Y me ha vuelto a preguntar en silencio con sus ojos, sin una palabra, con su estoicismo, sin una palabra, con todo su cuerpo. "Bueno-le digo- no te preocupes, que te lo quiten y ya está, tu salud es lo primero".
A Susana se le han llenado los ojos de lágrimas que han resbalado fugaces hasta la comisura de su boca y han acabado entre sus labios, inundando una mueca de tristeza infinita.
"No llores" le he dicho. Y ella por fin salvando el nudo que la ahoga en su garganta me ha contestado "Sí, pero tú no sabes la ilusión que yo tenía por tener hijos".
Susana con 45 años, tan normal y diferente, sin un lugar definido entre nosotros, sin un lugar definido, se había topado de bruces con su tragedia, aún quería tener un hijo, siempre querrá tener un hijo, más nunca fue posible. Y a mí me ha roto el corazón y me he bebido sus lágrimas.

miércoles, 9 de febrero de 2011

No, no lo es

No es como todo,
dices que cocinas soles y estrellas, a presión, en una olla.
Que tu café de las mañanas es tan oscuro como el infinito
en el que vemos cada noche cruzarse un par de aviones.
Dices que con tu dedo como estilográfica escribes versos en mi espalda,
que me dejas en los dedos sortijas en forma de besos.
Cuando me llamas por teléfono, dices,
pinchas una canción con mensaje que puedo escuchar de fondo.
Que obras un milagro cada mañana cuando te levantas.
Dices que sí que le pones colonia, ganchos de colores,
calcetines limpios...
Que surcas los mares encima de la alfombra, aventuras siniestras,
amantes encantadas,
melenas pelirrojas rozando tus ingles,
bocas lujuriosas que parecen la mía,
besos de puta que absorben el alma.
Dices que me doblarías como un mapa y me guardarías en tu mochila
para consultarme cuando te pierdas en las tierras sin norte
de tu sur loco, de plenilunio en las cejas,
de mediterráneo por las venas encharcándote los pulmones.
Que me llamarás cuando me veas,
que me buscarás entre la gente,
que me llevarás de concierto, tal vez Iván Ferreiro
o a lo mejor Quique González...
Nos pudriremos en sus tristezas y lloraremos juntos
encendiendo mecheros
como dos adolescentes.
Yo podría salir contigo alguna noche
pero, ¿sabes?
donde mejor estoy es en casa.