viernes, 28 de octubre de 2011


No desaparece entre los días brillantes de verano, ni de la agenda donde anotamos los aniversarios, ni se esconde detrás de tantas esquinas que se quedaron por doblar. No desaparece de las canciones, ni se escapa entre las ramas desnudas de los árboles, ni de los libros. No me quedo sin ella cuando me hundo en el colchón y el mundo pesa como si fuera tu cuerpo, ni se la beben en diminutas tazas de café disueltas en el líquido negro. No me la he fumado en tantos cigarros que aplasté en el cenicero ni me la bebí en alguna neurona mezclada con tequila. Existe. Sigue aquí. Y me convence cada mañana para ponerme los calcetines, subir las escaleras y con mal genio, como siempre, rodar la llave y abrir. La veo en tus ojos detrás de tu flequillo negro con la chispa de la vida centelleando en tus pupilas. La oígo en las carcajadas vacías de la gente en la terraza. Me rodea la cintura aplástandote contra mí.

Tendrás algún día que invitarme a salir,
mirar el suelo en tu paseo mientras yo miro la punta de tus zapatillas,
tus manos clavadas en los bolsillo huyendo de rozarme.
Tendrás que invitarme a salir
y te diré bajito: esta noche te beso.
Y te besaré, te lo prometo.

viernes, 21 de octubre de 2011


El colegio huele a virutas de lápiz y a plastelina, nada más entrar me da la bienvenida. Yo he estado aquí, pienso, aunque sea otro colegio, aunque esté a 800 kilómetros.

martes, 18 de octubre de 2011


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viernes, 14 de octubre de 2011

NOTA

Con mis piernas colgando me quedé muda de sorpresa y encantada, allí sentada en la estructura de una casa dominando la cima de la montaña, escondida entre pinos, con las vistas más bonitas que había visto hasta entonces, tocando el cielo y sus cienmil estrellas. Abordando el mar como una pequeña barca, rompiendo en silenciosos destellos su uniformidad. Tu sonrisa también se reflejaba, se zambullía haciendo piruetas en la orilla y recuerdo perfecto ese momento porque pensé -yo quiero estar contigo-. Pero seguí en silencio y escuchando todas las explicaciones que me dabas sobre las luces de la derecha bordeando la costa, los nombre de todos los pueblos que podíamos avistar desde allí, a dónde conducían las carreteras que podíamos distinguir. El Faro que nos hacía guiños como si nos conociera de toda la vida. Volví mi cara para mirarte con las sombras de la noche jugueteando en tus facciones. Parecías más viejo y vi el brillo de tus ojos tan íntimo que te contesté que sí.
Te volviste a mí con tu gesto de niño encantado y me dijiste -ya lo sé-.