sábado, 1 de noviembre de 2014

Me viene a morder
este extraño amor 
que me rodea 
del color de fuera 
cuando lo veo dibujado en los demás
estampando sus imágenes de historias mínimas
azules y ácidas como naranja.
Lo recuerdo solo,
vago,
este,
tal vez, descolorido
y pienso a hurtadillas en las grandes diferencias
que me hacen infeliz astronauta
desorbitada y deshabitada.
Esas diferencias que engrandecen 
el amor carnívoro
del que ya no somos alimento.

martes, 22 de abril de 2014

Como te dije antes,
no se puede meter océano en azul.
No me cabe, en serio.
Al intentarlo se queda en una palabra y no es suficiente.
Ya me ha pasado otras veces,
como cuando intenté meter cuerpo en beso
o sexo en comida
o mundo en tú.

martes, 8 de abril de 2014

Uno menos uno igual a todo

Solo podría decírtelo desde otra persona,
sin que fuera yo.
Sin que yo supiera que lo estoy diciendo.
Como si lo escuchara en una voz desconocida
y que no fueras tú
al que menguara mis palabras.

viernes, 4 de abril de 2014


Habrá pasado la brisa alegre
enmarañada en la melena de los 20 años,
tal vez la palabra
con el cuerpo de un gajo, se deshaga en otra boca,
alimentando otra idea.
No importa que ya no sea,
que desaparezca en el mundo
como me dejo caer la sábana por encima
de noche en el verano.
Porque siempre pasa y todo queda
en el poeta, entre los dientes,
en la rabia de seguir.

jueves, 6 de marzo de 2014

LUZ DE DOMINGO

Los domingos tienen una luz especial
que hace diferentes las calles y los parques
y si me empeño un poco en ver las cosas como por primera vez
tengo la sensación de que camino por una ciudad en la que nunca he estado.
Me sorprende el flaco día que entra por las rendijas abiertas de la persiana,
el aire viciado de la habitación que hemos respirado toda la noche,
el peso y el calor de la manta.
Y vuelvo la cabeza para encontrarte.
Duermes.
La luz de domingo me revela el secreto
y encuentro en ti, si me empeño un poco,
al tú que veo por primera vez
tan nuevo en mi rutina.

martes, 28 de enero de 2014

                                                                               Foto de Marián                            

Aveces se oye el mar desde mi casa,
no desde dentro.
Cuando sales.
Fuera, en la calle.
Es un rugido malhumorado y constante
como si fuera a acercarse a hurtadillas,
pero en verdad
está siempre a la misma distancia.
No pasa lo mismo con el viento,
su silbido es una amenaza
que suena lejana y de pronto,
zas,
se cruza por delante desbaratándote el pelo.
A veces susurra, entre los árboles,
como gente que conversa en el casi silencio
de los funerales.
Llena de hojas la entrada de mi casa.
Es mi casa porque vivimos allí,
quiero decir,
es solo mi casa, nada más.
Un día llegamos, colocamos unos muebles
y desde entonces.
Pero no por ninguna razón de aquellas,
más allá de los objetos.
No es igual con las personas
que nunca son nuestras
aunque nos posean.
Hoy el viento sopla a 24 kilómetros por hora.