miércoles, 7 de septiembre de 2016


Empezar a remar es el primer paso, no supe cuándo era el momento, esperé lo necesario, lo justo, lo que creí. Y me puse a remar. Tampoco puedo contar el tiempo que estuve flotando sin rumbo sobre aquel mar gris plomo, suave, silencioso, agradable. Debió de ser mucho tiempo. O poco. Eso depende de quién lo mida. Para mí creo que fue largo. Cuando no eres consciente de tu sufrimiento, cuando logras por fin abstraerte de él, mirarlo como el que mira el reflejo en un espejo, ya no lo sientes. Sí lo sientes pero es como si no lo sintieras, el mismo dolor te droga, te eleva a una sensación de colocón que te aleja del mundo y la realidad. Entonces es cuando te ves en tu barca, no hay nadie, nada, solo unos remos y tú. Y un mar gris plomo infinito que te mece y te adormece. No sabes cómo coño has llegado allí, pero tampoco te importa. No sabes para qué están allí los remos porque tampoco quieres ir a ningún sitio. Y allí te quedas, en esa facilidad, mecida, adormecida, drogada por un dolor que crees que no sientes.

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